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La llegada
Desciendo de un tren arrastrado en años
regreso con lo puesto
las entrañas carcomidas de dolor, los ojos secos.
La multitud me aguarda
monstruo adulador que engulle y no cesa.
Esperan las palabras que no brotan, afonía letal.
Pienso en los ojos con candados
en las bocas ácidas de guardar miserias
en los rostros de los niños, caballitos de batalla
en las mujeres ásperas, vestidas de duelo, huérfanas de aromas.
Volví para quedarme cobijada en retamas y aires pueblerinos,
confundida en rigores
con los deseos perdidos.
Volví para levantar la verdad de la inocencia
a pesar de mil años de traiciones, de toscos caminos.
Intuyo ese dolor que rastrilla los gestos
y que también me pertenece.
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